¿Eres de esas personas a las que les cuesta trabajo comer o ir al cine solas? ¿O de aquellas a quienes les parece difícil o imposible imaginarse viviendo solas o crear un proyecto de vida propio, sin una pareja o familia?
Muchxs de mis consultantes expresan dificultades para lidiar con la soledad, aunque rara vez este es el motivo explícito de consulta. A menudo, sin embargo, llegamos a ese punto cuando exploramos las razones por las cuales se “esfuerzan”, a veces más allá de sus límites, por permanecer en relaciones de pareja o de amistad en las que ya no se sienten bien, e incluso
son maltratadxs. Al profundizar en estas situaciones, nos percatamos de que lo que están evitando a toda costa es quedarse solas.
Pero, ¿qué nos conduce a evitar la soledad? ¿Por qué le tememos? ¿Qué nos impide hacerle espacio en nuestra vida? Si bien son preguntas que no tienen una sola respuesta, porque cada historia de vida es única, hay dos fenómenos importantes asociados con el miedo y el rechazo a la soledad, que quiero destacar: uno es más del orden subjetivo y el otro tiene raíces culturales y colectivas. Ambos, sin duda, están conectados.
El primer fenómeno al que quiero referirme es la dificultad de estar y convivir con nosotrxs mismxs. Si te interesa entender esta dificultad, puede serte de utilidad que respondas las siguientes preguntas: concretamente, ¿qué te incomoda o desagrada de estar solo contigo mismx? ¿Qué emociones surgen cuando esto ocurre y con qué pensamientos están relacionadas? ¿Cómo es tu
relación con la Soledad[1]? ¿Cómo es la relación contigo mismx, qué tal te caes? ¿En serio te gustaría estar siempre acompañadx? Imagina cómo sería...
Estas preguntas son relevantes porque, como sugiere el poeta Juan Ramón Jiménez, "en la soledad no se encuentra más que lo que uno lleva a ella". Si llevamos aburrimiento, desánimo o pensamientos negativos sobre nosotrxs mismxs o que nos lastiman, la experiencia será desagradable y, por tanto, continuaremos evitando la soledad. En cambio, si llevamos
la libertad de elegir, diversión, autonomía, reflexión, etc. nuestra vivencia y percepción de la soledad serán completamente distintas.
El segundo fenómeno que me interesa destacar tiene que ver con esta percepción que tenemos sobre la soledad y con cómo se ha construido. En otras palabras, existen discursos sociales y culturales que le asignan distintos significados a la soledad (aunque suelen predominar los negativos), que afectan la manera en que nos relacionamos con ella y nuestra experiencia, o
sea, si la sobrellevamos, sufrimos o disfrutamos.
Uno de estos discursos es el que plantea una clara oposición entre felicidad y soledad, como si fueran mutuamente excluyentes: cuando hay felicidad, no hay soledad, y viceversa. En consecuencia, si el objetivo de la vida es ser feliz[2],según esta narrativa, no podemos alcanzarlo si estamos solos. Así, crecemos con la idea -estereotipada- de que la felicidad está necesariamente ligada a la vida en familia (de preferencia tradicional, compuesta por papá, mamá e hijxs) o en pareja (idealmente heterosexual). En contraste, la soledad se presenta como una condición no elegida, e incluso como un castigo o un fracaso por no haber seguido las normas sociales.
De la mano del punto anterior, en las redes sociales, tanto virtuales como presenciales, encontramos con frecuencia un sesgo conservador y de género en las narrativas sobre la soledad. Los varones que viven solos suelen ser retratados como libres y autosuficientes, con la posibilidad de divertirse, tener múltiples parejas y viajar. En cambio, las mujeres son etiquetadas como
"solteronas", "quedadas", amargadas o incompletas. Vale la pena preguntarnos cuál es la finalidad de presentar estas imágenes de hombres y mujeres tan desiguales, y a quién beneficia.
Estas narrativas emergen en las conversaciones con mis consultantes. Las mujeres a menudo expresan angustia por llegar a cierta edad sin haber encontrado una pareja que “las haga felices” o con quien formar una familia. Por su parte, los hombres temen "sacrificar" su libertad en aras de mantener una relación y “dar gusto” a su pareja.
En cuanto a las personas trans, en ocasiones escucho historias marcadas por el malestar y la tristeza que les genera la dificultad de encontrar una pareja que las acepte y formar una familia, en un sistema cisheteropatriarcal que las excluye. En otras ocasiones, sin embargo, relatan historias de resistencia y fortaleza que han posibilitado la aceptación de la soledad y reconocerla como compañera durante su trayectoria disidente (de las normas de género y sexuales).
En resumen, la soledad puede ser lo que nosotrxs queramos que sea; si experimentarla, o incluso pensarla como una posibilidad, te genera malestar y te lleva a tomar decisiones que comprometen tu agencia, libertad y autonomía, es momento de revisar tu relación con la soledad. Quizá, para tu sorpresa, encuentres algo cercano a eso que el viejo y conocido refrán sintetiza tan bien: "mejor solx que mal acompañadx".
[1]Tal como propone la terapia narrativa, haciendo uso de la metáfora, podemos pensar a la Soledad como un personaje en nuestra historia/vida (por eso la escribo con mayúscula), que juega un determinado rol en ésta y con el cual nos relacionamos. Bajo esta lógica, el asunto clave sería preguntarnos cómo es esa relación con la Soledad y qué efectos tiene en nuestra vida.
[2] En otra entrada abordaré de manera específica el tema de la felicidad. Por ahora, te recomiendo ampliamente revisar el libro “La promesa de la felicidad. Una crítica cultural al imperativo de la alegría”, de Sara Ahmed, editado por Caja Negra.