Sin duda, en nuestra cultura sigue presente la idea de que ir a terapia es para personas locas, en medio de una crisis emocional o con problemas mentales graves. Sin embargo, esto no es así; cualquiera podemos ir a terapia y sacar provecho de ella. Como señala Lynn Hoffman (1996), autora destacada en el campo de la teoría familiar y el enfoque construcconista, la terapia no es más que un tipo de conversación; por tanto, cualquiera puede participar en ella si tiene el deseo de hacerlo. Eso sí, es un tipo de conversación con sus particularidades, pero ni más ni menos importante que las charlas que sostenemos con amigxs, familiares, pareja, colegas, etc. Por tanto, el punto clave para argumentar por qué la psicoterapia es una práctica valiosa, es visibilizar esas particularidades que la caracterizan y eso que puede ofrecer a las personas, que otras conversaciones no le ofrecen.
A partir de mi experiencia como psicoterapeuta, pero también como consultante, puedo decir, sin temor a equivocarme, que una de las cosas más valiosas, sobre todo al inicio del proceso, es sentir la libertad de decir prácticamente cualquier cosa, sin que te miren con ojos de pistola, sin que te hagan muecas de desaprobación, sin que te interrumpan, sin que te descalifiquen, sin que te callen o, incluso, sin que te lastimen. No ser enjuiciado y propiciar la libre expresión es fundamental, porque ¿cómo trabajar eso que nos duele, nos inquieta o nos genera malestar, si no comenzamos por nombrarlo y ponerlo sobre la mesa?
Esto va de la mano de otro gran beneficio de la terapia: escucharte a ti mismx. Frecuentemente tenemos diálogos con nosotrxs mismxs, pero son diálogos internos, no escuchamos nuestra voz. Quizá no siempre, pero escucharnos decir algo en voz alta nos permite percibir de otra manera eso que estamos expresando. Recuerdo consultantes diciendo cosas como: “¡ay!, ahorita que me escucho decirlo, suena mucho más agresivo de lo que pensaba”, por ejemplo. Poner “fuera” -vía el lenguaje- nuestros pensamientos y emociones nos permite observarlos con cierta distancia y curiosidad, como un objeto sometido a investigación, que podemos analizar y eventualmente entender mejor.
Otra característica de la conversación terapéutica, que la diferencia de otras conversaciones, es que sólo hay unx protagonista que decide el tema y rumbo de la conversación: la persona consultante. La terapeuta está allí como un personaje importante, pero secundario, pues su tarea es acompañar a la persona consultante. ¿Qué significa esto? Que su labor es escucharle atenta y curiosamente, para luego poder hacer preguntas o plantear reflexiones que ayuden a la persona a identificar y después cuestionar ideas (sobre sí misma, sus relaciones, los roles que desempeña, etc.) que muchas veces han funcionado como verdades absolutas. ¿Qué es lo benéfico de esto? Que la persona consultante se percata, a veces poco a poco y a veces súbitamente, de que esas
supuestas verdades sólo son formas de ver el mundo, relatos o narrativas construidas y sostenidas por personas o grupos porque les beneficia y muchas veces son formas de ejercer el poder. ¿Qué otra cosa es importante de todo esto? Que si no son verdades absolutas, esenciales e inamovibles, sino construcciones humanas, entonces pueden deconstruirse (vía el cuestionamiento que señalaba antes) y transformarse, de tal suerte que los
relatos que orienten nuestra vida se encuentren más alineados con nuestros deseos, propósitos, objetivos, etc.
Otro aspecto sumamente valioso de la terapia tiene que ver con identificar y visibilizar los recursos personales y sociales, así como las historias alternativas con que cuenta la persona consultante. Por más abrumada, desanimada, rebasada, sola o desesperanzada que se sienta, suele haber relaciones, historias, experiencias anteriores y saberes que pueden ser de ayuda para tratar el problema o malestar que la aqueja; y aunque la persona consultante no pueda verlo, la terapeuta sí. En relación con esto, la terapia narrativa habla de la “doble escucha” (Morgan, 2000), que hace referencia a que la terapeuta no sólo escucha la historia dominante o lo que se llama la historia saturada del problema, sino que también escucha (entre líneas), sucesos o historias alternativas, que contradicen la historia dominante; su labor es hacer preguntas para que emerjan y la persona consultante constate que sí existen posibilidades.
Finalmente, aunque todo lo señalado hasta ahora (que no agota los beneficios de la terapia) es valioso por sí mismo, colocamos la cereza en el pastel cuando la persona consultante, a partir de lo trabajado en el espacio terapéutico, logra “sacar” del consultorio hacia su vida cotidiana los aprendizajes logrados allí, lo cual incide en sus relaciones, decisiones y comportamientos, de forma tal, que puede ser más libre y encontrarse más satisfecha con su vida.
Espero que lo expuesto en este texto haya aclarado tus dudas acerca de si vale la pena o no tomar una terapia psicológica y por qué. ¡Atrévete a probarla!
Referencias:
- Hoffman, L. (1996). Una postura reflexiva para la terapiafamiliar. En S. McNamee y K. Gergen (ed.). La terapia como construcción social. Barcelona: Paidós.
- Morgan, A. (2000). ¿Qué es la terapia narrativa? Una introducción. https://dulwichcentre.com.au/que-es-la-terapia-narrativa.pdf